¿Es la energía eólica realmente renovable?

Axel Kleidon *, de Instituto Max Plank de Biogeoquímica en Jena (Alemania), mantiene que es un gran error asumir que ciertas fuentes de energía, como la eólica o la de las mareas, son realmente renovables. La tesis de Kleidon realmente extraña; sin embargo, muchos expertos la están tomando en serio.

Según este investigador, construir suficientes parques eólicos como para sustituir la energía procedente de los combustibles fósiles agotaría la energía libre disponible en la atmósfera, lo que tendría graves consecuencias para el planeta; tan graves, dice él, como las del cambio climático. Afectaría, por ejemplo, a las precipitaciones y la cantidad de luz solar que llega a la superficie terrestre.

La fotosíntesis y las corrientes oceánicas y atmosféricas transforman la energía procedente del Sol en energía útil (energía “libre”, en jerga termodinámica). Pero, si se construye una enorme cantidad de parques eólicos, un porcentaje muy elevado de esta energía libre quedaría atrapada en ellos y no estaría disponible para el sistema energético del planeta. Además, dado que la tecnología de los aerogeneradores no es perfecta, una parte importante de la energía libre capturada en los parques se perdería en forma de calor.

De los 47 TW de energía que usamos, 17 TW proceden de los combustibles fósiles. Sería la cantidad de energía que los parques eólicos tendrían que suplir. Teóricamente, utilizando la suficiente cantidad de aerogeneradores sería posible llegar a producir 70 TW a nivel global, pero hacerlo tendría graves consecuencias para el planeta, según Kleidon.

Más información en:

The fantasy of renewable energy. Mark Buchanan en New Scientist, 2 de Abril de 2011. Pags. 8-9

* Axel Kleidon: http://www.bgc-jena.mpg.de/bgc-theory/index.php/Group/AxelKleidon

Flotando en el viento

Las energías renovables confirman su viabilidad

Francisco J. Franco del Amo
pacofranco2@gmail.com

Tras el desastre de Fukushima, el debate sobre la energía atómica ha cobrado nuevos bríos. Los activistas antinucleares de los setenta y ochenta han desempolvado el viejo eslogan “¿Nucleares?, no gracias”. En todo el mundo proliferan la manifestaciones en contra, que coinciden con celebraciones en recuerdo de las víctimas de Chernobil, otro accidente de infausto recuerdo cuyas consecuencias aún se dejan sentir. Incluso líderes mundiales partidarios acérrimos de la energía del átomo, como la canciller alemana Ángela Merkel, se están replanteado sus principios y, mientras se deciden, paralizan proyectos de construcción de nuevas centrales. Este fervor antinuclear coincide con uno de los momentos de la historia de la humanidad con mayor demanda de energía. La población mundial se acerca con paso firme a los 7.000 millones de habitantes y la economía de países como China, Brasil y la India crece a ritmo desenfrenado mientras devora kW con apetito de gigante. Entretanto, en los países desarrollados, los ciudadanos no quieren perder ni un ápice de su confort energético, así que sus gobiernos también pugnan por un pedazo más grande de la tarta de la energía. Los combustibles fósiles tienen fecha de caducidad y la fusión nuclear, que podría solucionar el problema de un guantazo, no está si se le espera. Así las cosas, la gran pregunta es: ¿existe otra fuente de energía diferente a la nuclear capaz de satisfacer la gigantesca demanda mundial a un coste económico, social y ecológico asumible?.

Hace una semanas leíamos en la prensa española que la energía eólica se había colocado por primera vez como principal fuente de generación eléctrica. Según datos de Red Eléctrica Española, en marzo de 2011 los parques eólicos de nuestro país generaron 4.738 GWh y cubrieron un 21% de la demanda. Si tenemos en cuenta la producción de las demás fuentes renovables, el porcentaje de cobertura crece hasta un esperanzador 42,2%. Datos nada desdeñables que parecen indicar que el sector renovable ha alcanzado velocidad de crucero. La estabilidad de la producción es el punto fuerte de la energía nuclear y el talón de Aquiles de la eólica y otras renovables, pero las cosas parecen estar cambiando también en este sentido. En tierra los vientos no siempre son constantes, pero el alta mar sí lo son. Por eso, países como el Reino Unido, Francia y Alemania están apostando fuerte por la energía eólica marina. El proyecto London Array, en la costa sur del Reino Unido, generará 1.000 MW, suficientes para abastecer 750.000 hogares, aproximadamente lo mismo que la central nuclear española de Ascó. Por otro lado, la energía termosolar permite almacenar energía y podría servir para aportar estabilidad a la red. En el desierto de Arizona (EE.UU) y en Abu Dhabi, empresas españolas están construyendo supercentrales termosolares que estarán operativas dentro de un par de años. Así pues, la respuesta a la pregunta que cerraba el párrafo anterior parece ser afirmativa. Por eso, resulta extraño que el Gobierno español haya recortado las ayudas a las energías renovables y eliminado el tope de los 40 años a las centrales nucleares.

Por poner algunos nubarrones tormentosos en el horizonte de las nuevas fuentes de energía, habría que decir que no todas las soluciones son igualmente satisfactorias. Es el caso, por ejemplo, de los biocombustibles. Parecen una opción ecológicamente aceptable, pero está generando problemas sociales y políticos, incluso hambre, en algunos países subdesarrollados o en vías de desarrollo. Al desviar ciertos cultivos hacia la producción de combustible, se provocan fuertes subidas en el precio de los alimentos que son muy difíciles de asumir por la población. En países como Egipto, Argelia y Bangladesh, el aceite de palma es un alimento esencial, pero también es un ingrediente importante de los biocombustibles. Así se explica el alza de los precios de los alimentos en estos países, que terminaron provocando violentas revueltas callejeras. El maíz, otro cultivo esencial para la producción de alimentos, también se usa para fabricar bioetanol. En 2010, el precio del maíz en EE.UU subió un 73%. Algo parecido sucede con la mandioca, la semilla de colza o la caña de azúcar. Decir que el alza de precios de muchos alimentos esenciales se debe exclusivamente a la producción de biocombustibles es mucho decir, pero los expertos tienen claro que influye en un porcentaje importante (la meteorología adversa y el precio del petróleo, por ejemplo, también tienen que ver). Por eso, aconsejan que las políticas agrarias den prioridad a la producción de alimentos. ¿Exceso de confianza en la buena intenciones de los productores?. Puede ser, pero lo mismo se decía de las energías renovables hace décadas.

Energía universal

El problema energético mundial tiene la misma dimensión que el hambre, las guerras y las enfermedades infecciosas

Francisco J. Franco del Amo
pacofranco2@gmail.com

Para un español resulta muy difícil imaginar como sería la vida si no tuviéramos fácil acceso a la energía. La utilizamos para casi todas las actividades y tareas de nuestra vida cotidiana, desde calentar el primer café de la mañana hasta encender la televisión para ver una película por la noche. En medio la empleamos para transportarnos, trabajar y una infinidad de cosas más. Incluso mientras dormimos consumimos energía para calentarnos, conservar los alimentos o iluminar nuestras ciudades. Sin embargo, las cosas no funcionan igual en todos los países. De hecho, casi podríamos decir que nuestra situación es excepcional.

En el mundo existen 3.000 millones de personas para las que quemar madera es la única forma de obtener energía para cocinar y calentarse, cerca de 1.500 millones no tienen acceso a la electricidad y otros 1.000 millones más dependen de redes eléctricas muy poco fiables. Quemar combustible en casas mal ventiladas tiene efectos devastadores sobre la salud y carecer de una fuente fiable de energía impide trabajar y desarrollar servicios básicos, como la sanidad o la educación. Teniendo en cuenta todo esto es fácil comprender porque el acceso a la energía se ha convertido en un problema de primera magnitud a nivel mundial, equiparable a otros como el hambre, las guerras o la deficiente sanidad. Nunca desde las crisis del petróleo de los años setenta y ochenta del pasado siglo se había hablado tanto de la necesidad de encontrar fuentes de energía renovables y desarrollar tecnologías energéticas limpias. Este renovado interés por la energía también guarda relación con el empeño mundial por frenar el calentamiento global. No debemos olvidar que el 60% de la emisiones de gases de efecto invernadero son consecuencia del sistema actual de producir, transformar, distribuir y usar energía.

Cambiar el sistema energético mundial para hacerlo más equitativo y sostenible es un reto enorme y extremadamente complejo. ¿Existe una fórmula para conseguirlo?. En su informe de abril de 2010, el Grupo Asesor en Energía y Cambio Climático del Secretario General de las Naciones Unidas (AGECC, en sus siglas en inglés) ha puesto encima de la mesa la primera propuesta. Aconseja que los estados miembros se comprometan en conseguir antes de 2030 dos objetivos: asegurar el acceso universal a servicios energéticos modernos; y reducir en un 40% la intensidad energética mundial, que es la cantidad de energía consumida por unidad de actividad económica.

El AGECC considera que estos objetivos, que son tan ambiciosos que casi parecen quiméricos, son posibles de conseguir porque la innovación tecnológica y los nuevos modelos de negocio, así como la inversión en tecnologías limpias, están avanzando muy rápidamente en todo el mundo. Además existen experiencias que ya han funcionado, tanto en lo que se refiere a ampliar el acceso a la energía (China, Vietnam y Brasil), como a mejorar la eficiencia energética (Japón, Dinamarca, Suecia, California y China).

Los límites del crecimiento humano

El informe de 1972 que preveía el colapso de los recursos del planeta allanó el camino que llevó al desarrollo de las energías renovables y la sostenibilidad de los recursos

Francisco J. Franco del Amo
pacofranco2@gmail.com

En la década de los años setenta del siglo XX, el Club de Roma encargó al Instituto Tecnológico de Massachussets un estudio sobre la relación entre el incremento de la población mundial y la disponibilidad de recursos naturales. Los investigadores del MIT, liderados por la experta en dinámica de sistemas Donella H. Meadows, utilizaron un modelo informático llamado World3 para examinar cómo interactuaban entre sí el aumento del número de habitantes del planeta, la industrialización, la contaminación, la producción de alimentos y el agotamiento de los recursos. El modelo también tenía en cuenta cuestiones como el control de la natalidad y la protección medioambiental. La conclusión del estudio fue que, si no se variaba el ritmo de incremento de esos factores, en cien años se alcanzaría el límite de crecimiento. Después, se produciría el colapso de la producción agrícola e industrial y un brusco descenso de la población humana. Situaron en el año 2030 el punto de inflexión, a partir del cuál comenzaría el declive. En 1972, el Club publicó los resultados en un libro titulado “Los límites del crecimiento”, del que se distribuyeron doce millones de copias en treinta y siete idiomas.

“Los límites del crecimiento” levantó una gran polvareda desde el mismo momento de su aparición. Los pronósticos que contenía no fueron aceptados de forma unánime por la comunidad científica y las críticas llegaron incluso de investigadores del propio MIT, como Robert M. Solow, que dijo que los análisis estaban basados en muy pocos datos reales. Los economistas fueron especialmente ácidos con el libro. En 1973 se produjo un aumento desmesurado del precio del barril de petróleo, que originó la primera gran crisis de la energía y torpedeó las precarias economías de los países del tercer mundo, por lo que muchos creyeron que las predicciones del informe se habían adelantado. En 2008, Grahan Turner, un científico de la Commonwealth Scientific and Industrial Research Organisation (CSIRO), analizó los datos reales de los últimos treinta años y comprobó que la evolución de la producción industrial, la fabricación de alimentos y la contaminación estaba en la línea del colapso económico a mediados del siglo XXI que el informe de 1972 predijo. Una amarga revancha para Meadows y sus colegas.

Con todo, la principal virtud de “Los límites del crecimiento” fue que provocó el nacimiento del concepto de ahorro energético y estimuló el debate sobre la energía a nivel mundial. Todavía hoy se habla del “crecimiento cero”, una de las soluciones que los autores proponían para evitar el colapso y, al poco de su publicación, se comenzó a pensar en cómo mejorar el rendimiento en los procesos de producción, transporte y consumo de energía. También se tomó conciencia de que la dependencia de una sola fuente de energía era una apuesta sumamente arriesgada. Durante las décadas de 1970 y 1980 nacieron muchas de las organizaciones ecologistas que hoy en día defienden el uso de energías limpias. También comenzó a aceptarse la idea de que la generación, el transporte y el consumo de energía, tal y como tenían lugar en los años setenta y ochenta, producían elevados y muy diversos efectos contaminantes que el medio natural no podría soportar durante mucho más tiempo. Con estos mimbres comenzó a tejerse el cesto de las energías renovables, cuyo desarrollo no ha parado de crecer desde entonces.

La madre de todas las células

Una nueva hipótesis sobre el origen de la vida en la Tierra puede servir para buscarla en el espacio.

Francisco J. Franco del Amo
pacofranco2@gmail.com

En abril de 2010 se cumplió el cincuenta aniversario del inicio del programa de Búsqueda de Inteligencia Extra-Terrestre (Search for Extraterrestial Intelligence, SETI). En 1960, el astrónomo de la Universidad de Cornell Frank Drake utilizó un radio telescopio para explorar las estrellas Tau Ceti y Epsilon Eridani en busca de señales de radio frecuencia que pudieran indicar la existencia de civilizaciones más allá de los límites del sistema solar. Como todo el mundo sabe, el resultado de su experimento fue negativo, al igual que el de todos los demás que se llevaron a cabo después para buscar lo mismo. Han sido cincuenta años de silencio bastante decepcionante, pero los proyectos SETI han servido de pretexto para varios proyectos científicos de astrobiología que ahora comienzan a dar frutos.

La paradoja de Fermi

El proyecto de Drake, que se llamada Ozma en homenaje a la Reina de Oz, el personaje del famoso libro de Frank Baum, estaba inspirado en la paradoja que formulo en 1950 el físico italiano Enrico Fermi y que viene a decir algo así como que si en el universo existieran otras civilizaciones tecnológicamente avanzadas, los seres humanos deberíamos de ser capaces de detectarlas de un modo u otro. Si no lo conseguimos es porque la vida extraterrestre es mucho más escasa de lo que creemos, porque nuestras observaciones aún son incompletas, o porque no estamos buscado en la dirección correcta ni con las herramientas adecuadas. Paul Davies, el famosísimo astro-biólogo y divulgador científico británico autor del best-seller “La mente de Dios”, ha revisado la paradoja de Fermi en su nuevo libro “The Eire Silence” y versiona sus hipótesis diciendo que si todavía no hemos encontrado otras civilizaciones en el infinito y mas allá puede ser (a) porque la vida es tan improbable que la Tierra es el único lugar del universo en que existe; (b) porque la vida es muy común en el universo, pero la inteligencia es tan rara que los humanos somos los únicos seres inteligentes de la galaxia; (c) porque la vida y la inteligencia son comunes en el universo, pero la ciencia es un rasgo único de la Tierra; o (d) porque las señales de vida extra-terrestre están por todas partes, pero los humanos somos incapaces de reconocerlas. Aunque algunas de las hipótesis de Davies parecen fruto del legendario humor británico, lo cierto es que los científicos que estudian estos asuntos comienzan a pensar que la última propuesta es bastante probable y lo que resulta más sorprendente: los datos en que se basan provienen de aquí al lado, y no de una galaxia muy lejana.

Retrato del primer terrícola

Un enfoque que utilizan los astrobiólogos para intentar averiguar que tipo de vida extraterrestre cabría esperar consiste en plantear como serían las primeras formas de vida en la Tierra, aquellas que latieron por primera vez hace 4.000 millones de años, cuando la superficie de nuestro planeta todavía estaba incandescente y la atmósfera no contenía oxígeno. Bill Martin, de la Universidad de Dusseldorf, cree que las primeras pinceladas al retrato de esos seres deben darse utilizando los rasgos biológicos que compartimos todos los seres vivos del planeta. Opina que si una determinada característica es común a todos los grupos de seres vivos es porque ya estaba presente en el antecesor de todos ellos. Algo parecido a cuando intentamos averiguar el parentesco entre varias personas fijándonos en su parecido físico. La lista de rasgos fundamentales incluye: una membrana que protege y separa del exterior, un mecanismo para fabricar energía, ácidos nucleicos, proteínas, código genético y ribosomas, que son los orgánulos celulares capaces de producir proteínas a partir de la información contenida en el ADN. Las bacterias y las arqueas, los dos tipos de seres vivos más sencillos, comparten todos estos rasgos.

Energía contracorriente

Las dos primeros rasgos son el quid de la cuestión. De hecho, cualquier hipótesis sobre el origen de la vida que se precie debe comenzar resolviendo como estaba separado del medio el primer ser vivo, que tenía dentro y como fabricaba energía. Si se consigue resolver estos aspectos, los demás surgen como consecuencia. En lo que se refiere al mecanismo de producción de energía, hasta hace poco prevalecía la hipótesis del origen químico, que plantea que la energía de los alimentos se acumula en el adenosín trifosfato (ATP), una molécula que luego funciona como moneda energética en muchos procesos metabólicos. Sin embargo, ha ido ganando terreno la teoría del origen eléctrico, según la cual la energía que contienen los alimentos se usa para bombear átomos de hidrógeno a través de las membranas de la célula, creando diferencias de concentración a uno lado y el otro. Cuando cesa el esfuerzo, los átomos de hidrógeno emprenden el camino de regreso, liberando energía que se usa para fabricar ATP. Sería un mecanismo parecido al de subir agua a una depósito elevado para luego dejarla caer y aprovechar su bajada para mover una noria.

Esta teoría, que fue formulada por Peter Mitchell, un genio incomprendido, tardó mucho tiempo en ser aceptada por los científicos, que se preguntaban porqué la vida habría de adoptar un sistema tan complicado. Sin embargo, se comprobó que la quimiosíntesis, que así se llama este mecanismo, es ubícua en la naturaleza y es un proceso fundamental en la respiración celular de los animales y la fotosíntesis de los vegetales, los dos procesos metabólicos más importantes. En 1978 Mitchell recibió el premio Nobel por su descubrimiento.

Primeras membranas celulares

Resulta un poco sorprendente, pero actualmente las mejores soluciones al problema de cómo estaba separado del entorno el primer ser vivo provienen de la geoquímica, y no de la biología. En la década de los años 90 del pasado siglo, Mike Rusell, un geoquímico del Jet Propulsion Laboratory de la NASA, predijo la existencia en el fondo del mar de respiraderos alcalinos, un tipo de estructura que hasta entonces solo se conocía en rocas de gran antigüedad. Los respiraderos se formaron cuando el agua de mar reaccionó con el olivino, un mineral muy abundante en el fondo oceánico. La reacción produjo serpentina y liberó una gran cantidad de hidrógeno, líquidos alcalinos y calor, que manaron a través del fondo oceánico a través de chimeneas. Las predicciones de Rusell se confirmaron en el año 2000, cuando Deborah Kelley y su equipo, de la Universidad de Washington, descubrieron en la dorsal de la mitad de Atlántico la Ciudad Perdida, un inmenso campo de columnas de roca que se formaron al precipitar los carbonatos que contenían los líquidos alcalinos que manaron del fondo. Las columnas estaban acribilladas por miles de poros diminutos, algunos de los cuales no eran mucho mayores que las células actuales. En 2008 se descubrió que los poros contenían hidrógeno, metano y otros hidrocarburos de pequeño tamaño. Además, las sales minerales del fluido alcalino permiten la formación de diferentes tipos de moléculas orgánicas simples.

Si damos crédito a estos descubrimientos e hipótesis, el retrato resultante de juntar todas las piezas es sorprendente: el último antecesor común a todos los seres vivos de la Tierra no fue una célula, sino una roca llena de microporos en los que tuvieron lugar las reacciones bioquímicas primordiales y que producía energía mediante gradientes de hidrógeno. En este reactor natural se sintetizaron las primeras moléculas orgánicas. Luego, algunos fragmentos se libraron originando las primeras células, de las que evolucionarían las bacterias y las arqueas. Por tanto, el antecesor de los primeros seres vivos no es en absoluto reconocible, y no se hubiese encontrado de seguir buscando formas parecidas a lo que hoy conocemos como células. Una lección interesante de la imaginación y creatividad científica que puede servir para buscar vida extraterrestre.

Mitad humanos, mitad virus

Francisco J. Franco del Amo
pacofranco2@gmail.com

Cuanto más sabemos de nuestra genética, más se nos bajan los humos. La teoría de la evolución nos puso en nuestro sitio, no en las raíces del árbol de la vida, como erróneamente creíamos, sino en sus ramas más tiernas y recientes. Luego llegaron los descubrimientos de la genética molecular, que nos emparentaron directamente con todo bicho viviente del planeta. Y para darle la puntilla a nuestro ya maltrecho orgullo de especie dominante, la secuenciación de nuestro genoma reveló que no tenemos centenares de miles de genes, , sino tan solo 20.000. Muchos organismos más sencillos nos ganan por goleada. Para mayor bochorno, en nuestro genoma los genes representan tan solo el 1,5 por ciento del total. El resto es material genético de función desconocida que incluye, ¡quién lo iba a decir!, hasta un 9 por ciento de ADN de origen vírico. Y nuestra relación genética con los virus no termina ahí porque otro 34 por ciento de nuestro genoma está constituido por retrotrasposones, que son cortas secuencias de ADN similar al de los virus que son capaces de soltarse de los cromosomas, hacer copias de sí mismos y luego volverse a integrar. Todo esto significa que casi un 50 de nuestro material genético es de naturaleza parecida al de los virus.

¿Por qué nuestro genoma contiene tanto ADN de virus?, ¿es beneficioso o perjudicial para la especie?. La respuesta a estas preguntas tiene que ver con la estrategia de supervivencia de ciertas familias de virus, que integran sus genes en los cromosomas de los organismos que infectan perpetuarse para y aprovecharse de su maquinaria celular. Este proceso, que se conoce con el nombre de endogenización, convierte a los virus infecciosos en virus endógenos no infecciosos que conviven con el huésped. Es una especie de “simbiosis agresiva”, como la ha bautizado Frank Ryan, un médico y biólogo británico que ha escrito mucho sobre el tema. Si el ADN del virus se integra en los cromosomas de los óvulos y los espermatozoides, entonces se transmite a la descendencia y se perpetúa generación tras generación. Los retrovirus utilizan esta estrategia. También la usan los recién descubiertos bornavirus, que entraron en la línea germinal de los antecesores de todos los mamíferos hace 40 millones de años y que todavía hoy siguen en nuestros cromosomas.

Hasta aquí el porqué tenemos tanto ADN vírico en nuestro genoma, pero ¿qué hay de su efecto sobre nuestra especie?. Frank Ryan cree que los retrovirus endógenos desempeñan un papel importante en la evolución de los mamíferos ya que ofrecen la oportunidad de que se produzcan mutaciones de gran tamaño y a gran escala sobre las que luego actúa la selección natural. Los retrovirus introducen en el genoma de los mamíferos genes enteros y pueden infectar en poco tiempo a poblaciones completas. Es decir, es como si ofreciesen a la evolución la posibilidad de tomar un atajo. Y no son sólo conjeturas, existen pruebas. Por ejemplo, la sincitina-1 es un gen de retrovirus que se integró en el genoma de los primates hace 39 millones de años. En los seres humanos está alojado en el cromosoma 7. Los virus originales usaban este gen para producir una proteína de la cubierta, pero los mamíferos de hoy en día la usan para fabricar una proteína fundamental para el funcionamiento de la placenta y el cerebro. Y existen muchos otros ejemplos, lo que permite concluir que nuestro genoma es en realidad el resultado de la unión de genes de vertebrado y virus.

Desterrando neuromitos del aula

La aplicación de los nuevos avances en neurociencia mejora el aprendizaje

Francisco J. Franco del Amo
pacofranco2@gmail.com

Sólo utilizamos el diez por ciento de nuestro cerebro. Existen diferentes clases de inteligencia. El lado izquierdo del cerebro gestiona el pensamiento racional y el derecho el emocional. Estas afirmaciones, ¿son verdaderas o falsas?. Seguramente muchos de nosotros, incluidos algunos profesores, diríamos que son verdaderas, sin embargo, las tres son falsas. Son ejemplos de conceptos erróneos sobre el cerebro que se manejan en la calle, cuando charlamos con amigos, familiares y compañeros, pero también, y esto es lo que preocupa a los neurocientíficos, en el aula. Mientras los avances en biomedicina pasan muy rápido del laboratorio a la clínica, los avances en neurociencia tardan décadas en llegar a las aulas. Esto repercute negativamente en el modo en que se enseña, y también en cómo se programan los estudios. Para tratar de cerrar la brecha entre aulas y laboratorios, a principios de septiembre se organizó en Berlín el simposio Década de la Mente (DOM, en sus siglas en inglés). Durante una semana, educadores, profesores y neurocientíficos discutieron sobre cómo utilizar los avances en neurobiología para mejorar las técnicas de educación y el rendimiento de los alumnos.

Uno de los temas estrella del congreso fue lo que los neurólogos llaman la “función ejecutiva”, que no es más que la colección de procesos mentales que son importantes para conseguir el control sobre uno mismo y la concentración en una determinada tarea. Ambas cosas son muy importantes para el aprendizaje. Por eso, muchas de las ponencias del congreso incluían propuestas para mejorar la función ejecutiva de los alumnos. Y lo sorprendente para muchos profesores fue que algunas de las propuestas eran sencillas de aplicar e implicaban pocos cambios en el modo de enseñar. Por ejemplo, los neurocientíficos contaron a los profesores que la capacidad de los niños para enfocar la atención y evitar las distracciones se incrementa considerablemente después de treinta minutos de ejercicios aeróbicos, por lo que las clases de educación física deberían programarse antes de las clases de asignaturas importantes como matemáticas o lengua, y no al final de la jornada, que es lo que se suele hacer. También está demostrado que escuchar tu música favorita, o cualquier otra cosa que te guste, como leer novelas de terror o ciencia-ficción, influye positivamente en la capacidad de concentración, por lo que programar audiciones y sesiones de lectura libres ayudaría al aprendizaje. En medio de la polémica sobre las agresiones a profesores y la autoridad en el aula, propuestas de este tipo pueden sonar a cándidos cuentos de hadas, pero los neurocientíficos aseguran que merece la pena probar.

En el congreso también se habló de los rasgos genéticos que influyen en la función ejecutiva de las personas que, dicho sea de paso, comienza a desarrollarse a los pocos meses de edad. Michael Postner, un neurobiólogo de la Universidad de Oregon, contó a los profesores que, curiosamente, los niños que tienen una mutación en el gen COMT y producen menos dopamina (un neurotransmisor) que el resto muestran mayor capacidad para concentrase y responden mejor a los cuidados paternos. Curioso, ¿verdad?. Por cierto, la calidad de los cuidados paternos influye mucho en el desarrollo de la función ejecutiva, así que los padres también tienen que ponerse las pilas.